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Columnas

Bofill, el arquitecto que prefirió hacerlo

Bofill, el arquitecto que prefirió hacerlo

17 enero, 2022
por Jaume Prat Ortells

… pues que van y convocan un concurso para un edificio importante que iba a ubicarse en un terreno con mucha pendiente. Llegan los competidores y presentan unas maquetas macizas con propuestas más o menos heroicas que cabalgan el lugar como pueden. Aparece Bofill con una maqueta así __________ . Sus compañeros le preguntan “pero Ricardo, ¿qué haces?” Él contesta “es que yo sólo trabajo en terrenos planos”.

​Tuve oportunidad de escuchar este chiste sobre Bofill mil veces cuando estudiaba en la ETSAB allá por los noventa. La misma ETSAB que lo había expulsado seguía burlándose de él treinta años más tarde. Desprestigiándolo en las clases. Entrenándonos para que le pillásemos manía. Tarde, mucho más tarde, lo entendí. Ricardo Bofill era un flipado. Es fácil burlarse de eso. Sólo que, quien lo hace, se burla de lo que significa ser arquitecto: alguien que busca trascender la construcción. Bofill lo consiguió incluso antes de poner un solo ladrillo creando uno de los mecanismos de producción de arquitectura más líricos y potentes de los sesenta, un mecanismo que tenía algo de defensivo (no hay que olvidar que una expulsión de la facultad en esa época significaba estar cancelado, incluso si seguías formándote en Suiza, más si el título que obtenías no estaba convalidado), un mecanismo creado para quedar amparado por un colectivo de filósofos, poetas, matemáticos, sociólogos, antropólogos y otros arquitectos que operasen al margen de los usos, costumbres y cánones establecidos.

Luego, en el discurso de aceptación del doctorado honoris causa con que la ETSAB quiso resarcirlo tarde y mal, muy mal, Bofill, en el último acto público de su vida, declaró, recalcando específicamente que se seguía considerándose un expulsado, que se hizo arquitecto para trabajar en el espacio y el tiempo.

Bien, algunos de sus edificios lo paran. Lo congelan en ese instante sublime en el que la construcción se trasciende y se alcanza a ver algo más.

Quizá esta expulsión y este título no convalidado tengan algo que ver tanto con sus propósitos como con su manera de trabajar. Un apunte sobre los arquitectos sin título: John Pawson, en su boutique Calvin Klein de Nueva York, enfrentado a unos enormes huecos que pedían a gritos algún diseño de carpintería singular, decide no poner ninguna. Una sola pieza de cristal bastará. El que esta pieza de cristal no se haya fabricado jamás, el que ni tan sólo existan en el mercado herramientas adecuadas para manejarla, no le frena. Que se lo inventen. Él quiere sus cristales. Lo mismo hacía Wright con sus columnas en forma de seta, con sus cimientos en superficie sobre terrenos inestables. Lo mismo hizo Hooke cuando inventó el cálculo estructural. Lo hizo Bofill constantemente. No tener estudios reglados da margen para retorcer la disciplina, llevarla a su raíz y reinventarla. La palabra radical significa precisamente eso: volver a la raíz para afrontar los problemas desde allí. Bofill vivió la arquitectura con la fascinación de un niño. Por esa capacidad de invención, de frescura. De ilusión. Luego está su biografía. Hijo de una familia privilegiada, niño bien, inteligente, con talento, con las espaldas cubiertas, Bofill se resistió a convertirse en un diletante. Bofill no perdió jamás de vista la misión de la arquitectura. Hacer ciudad. Transformarla. Mejorar la calidad de vida de las personas, así como sus hábitats. Tener un estudio potente para llevarlo a cabo. Pocos arquitectos ha habido con tanta consciencia de clase. Supo vivir bien, en casas grandes, palaciegas, hermosas, placenteras. Desde ellas, supo preocuparse plenamente por la dimensión social de la arquitectura y trascenderla precisamente desde ella. Porque Bofill es conocido principalmente por sus viviendas sociales. Por soñarlas y por hacerlas posibles. En plena dictadura buscó financiación privada para que no se quedasen en el tintero. Luego se alió con el sistema, tejió alianzas , monumentalizó periferias, creó entornos dignos. Lugares donde vale la pena vivir y pasear. Muchos de sus proyectos más innovadores van en esta dirección: desde la alucinante Ciudad en el Espacio al Walden 7, el Barrio Gaudí de Reus y buena parte de lo que hizo en Francia: Abraxas, las Arcadas del Lago. Antígona. Bofill es Le Nôtre social. Es la diversión, la proporción. Lo abierto. Lo público. Bofill triunfó, fracasó, unió la cultura clásica con el Mediterráneo para actualizar su sentido global. Otra vez. Bofill es arriesgado, innovador, luminoso, comprometido. Vital.

Y poético.

Me gustaría hablaros del Bofill poeta.

Las escaleras de la Muralla Roja, que ni suben ni bajan ni tienen orientación, un interior bellísimo, una puerta al paisaje marítimo de Calpe, un teatro para las relaciones humanas y la interacción, una escenografía para las conversaciones casuales.

Su casa de Mont-Ras: los cipreses de l’Empordà, los interiores blancos aéreos, de suelos retorcidos que invitan a sentarse en ellos, con bañeras que sirven para lo que tienen que servir las bañeras, y cortinas matizando el sol, y ladrillos retorcidos que no se sabe si forman paredes o esculturas, y esa ventana del salón que es como una pantalla y da a la piscina. La vida.

El frasco de perfume de Dior. Abrirlo es abrir una cubierta. Usarlo es descubrir que es lo único que necesitas llevar puesto.

​Los teatros de Abraxas, los pasillos de pasos perdidos del Walden. Las cubiertas bellìsimanente surreales del Barrio Gaudí, con los niños jugando y las entradas de las casas desbordadas de macetas. Da Chirico se hubiese muerto de envidia.

La arquitectura de Bofill no tiene un relato fácil. Por mutable, por inconformista. Por no tomarse demasiado en serio a sí misma, incluso. Quizá por eso jamás tuvo el Pritzker. Quizá por eso (y por razones bastante más complicadas, todo hay que decirlo) jamás llegó a ser profeta en su tierra.

Aún percibo cierta inseguridad en su figura cuando, en los últimos años de su vida, se preocupó, quizá en exceso, por cómo pasaría a la historia. Así que me permito, por primera vez en mi vida, interpelar al personaje, a quien no tuve la fortuna de conocer. Tranquilo, Ricardo: lo has conseguido. Con este sentido de la radicalidad. Con esta voluntad. Con esta pasión. Sí, con este talento. Con esta capacidad. Necesitábamos a alguien como tu.

Herman Melville creó en 1853 uno de los personajes más enigmáticos de la literatura universal: Bartleby, el escribiente. Su preferiría no hacerlo, una de las frases más malentendidas de toda la historia del arte, se ha tomado erróneamente como una especie de manifiesto para retornar la arquitectura a sus valores más esenciales. Bofill, siempre rompiendo moldes, siempre buscando referencias propias, siempre inconformista, prefirió hacerlo. Este es su legado.

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