Columnas

BIO POP y la domesticidad de Bianca Censori

BIO POP y la domesticidad de Bianca Censori

9 marzo, 2026
por Sandra Loyola Guízar

Oops, you think I’m in love

That I’m sent from above

I’m not that innocent

Britney Spears

La arquitecta australiana Bianca Censori inauguró el 11 de diciembre del 2025 en Seúl una exposición titulada Bio Pop. La obra marca el inicio de un proyecto dividido en siete partes. En esta primera performance, Censori pasa los primeros nueve minutos y medio deambulando por una cocina escénica, aséptica y elegante, vestida con un mono rojo que remite inevitablemente a Oops!… I Did It Again de Britney Spears —un atuendo que, en mi opinión, inauguró simbólicamente el nuevo milenio.

La música es conmovedora. Censori parece cocinar un pastel, aunque nada se mancha, nada se derrama. La cocina deviene altar. Se arrodilla e introduce algo en un horno colocado frente al público —o frente a la cámara— y lo que extrae es una forma similar a un fragmento de su propio cuerpo, recubierto por la misma textura roja de látex que envuelve su cuerpo. La música muta entonces hacia un sonido que recuerda a una sierra eléctrica mezclada con el tono de una ambulancia, mientras ella avanza empujando un carrito hacia la sala.

Al abrirse una cortina, se revela la disposición del mobiliario diseñado por ella. La música vuelve a transformarse. Censori entrega el “pastel” no como alimento, sino como ofrenda, después de haber ejecutado el ritual de su preparación en la cocina. El gesto remite a un acto de servicio doméstico dispuesto como ritual y espectáculo. Coloca el pastel sobre una mesa, se sienta suavemente sobre la silla que es la figura doble de sí misma y queda inmóvil, como si se mimetizara con la silla. La obra exhibe una continuidad inquietante entre cuerpo, objeto y espacio. En Bio Pop, el cuerpo de la mujer se convierte en un objeto que parece ofrendarse al servicio de sí misma.

El mobiliario produce, a primera vista, una sensación de repulsión: todo parece una analogía de un pie forzado a caber dentro de un tacón. Carne y hueso retorcidos para adaptarse a una forma estética que no elegimos, pero que aparentemente nos embellece. Los muebles están hechos de materiales ortopédicos y adoptan formas y colores que recuerdan prótesis, mesas de fisioterapia, muletas o fragmentos de un quirófano. No están diseñados para corregir la postura, sino para disponer el cuerpo en posiciones asociadas al BDSM. Estas piezas evocan las esculturas eróticas del mobiliario de Allen Jones y remiten también a imaginarios como el Milk Bar de La naranja mecánica de Stanley Kubrick, donde el fetichismo del látex y la domesticación del cuerpo se exhiben y se usan. 

En una reseña de su página personal, se afirma que el espacio doméstico es el ámbito primario en el que se normalizan las estructuras de poder y donde el sujeto se conforma mediante moldes opresivos. La performance escenifica un ritual doméstico para evidenciar que el mobiliario y los objetos cotidianos funcionan como un diseño que moldea, contorsiona e incomoda al cuerpo femenino.

Desde una lectura arquitectónica, Bio Pop habla del habitar y del diseño como sistemas opresivos que subyugan el cuerpo, lo deforman para dominarlo, usarlo y consumirlo. Hasta aquí, la descripción de la pieza. Pero la pregunta permanece: ¿Bio Pop revela algo nuevo sobre el habitar y el diseño? ¿Qué quiere decir Censori sobre la domesticidad, su cuerpo y nuestra vida cotidiana? Si estamos ante un ritual de ofrenda, ¿quién sería hoy el destinatario de ese sacrificio? Como parte del proyecto, la artista diseñó también una serie de joyas inspiradas en instrumentos médicos: un anillo-bisturí y un brazalete-espéculo. Todo resulta seductor, quizá potente, sin duda bien ejecutado, pero ¿dice algo más allá de su eficacia estética? Tal vez haya que esperar a que el proyecto se complete —un proceso que tomará más de una década— para responderlo. Mientras tanto, la joyería ya está a la venta.

La casa no es un espacio neutro: es el primer dispositivo de disciplina del cuerpo. Con Bio Pop, Censori despliega una performance que expone cómo el mobiliario, los rituales domésticos y el diseño cotidiano configuran una arquitectura de poder que moldea, erotiza y consume el cuerpo femenino. No veo en la pieza ninguna subversión ni crítica o protesta contra esto y pienso quizá entonces tenga que ver con otra cosa y, en este sentido, recuerdo una charla que Zizek dio en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que, aunque nadie se lo preguntó, él dijo: “Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”. 

Queda abierta la pregunta de si lo que plantea Censori es, en el fondo, una apología de la auto-objetivación, una cuestión que ya formulaba Žižek en 2018 y que Allen Jones materializó formalmente en el siglo pasado, pero que hoy Censori reinscribe poniendo su propio cuerpo en juego y amplificándolo a través del escándalo —incluidos sus episodios de desnudez pública, que merecerían un análisis aparte. Tal vez, para ella, “tener el control del juego” consista en capitalizarlo y yo en eso veo dinero pero no una revolución, como ha proclamado ella en algunas entrevistas. Habrá que esperar al desarrollo completo de este proyecto en los próximos años para entender con mayor claridad si su gesto es una crítica estructural o simplemente otra forma, más sofisticada, de participación en el mismo sistema que exhibe.

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