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Becoming. O cómo dejar de hablar de arquitectura para empezar a hablar del y en el mundo

Becoming. O cómo dejar de hablar de arquitectura para empezar a hablar del y en el mundo

12 agosto, 2026
por Landa Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

Hay una frase que aparece periódicamente en cualquier debate sobre arquitectura. Da igual el foro, el país o la década. Siempre vuelve. Ese “la arquitectura debe acercarse a la sociedad”. Nunca me ha gustado del todo. No porque sea falsa, sino porque parte de una premisa absurda.

La sociedad. ¡Qué concepto! Como si quienes nos formamos en arquitectura no formáramos parte de la misma. Como si el mundo nos fuera ajeno. Como si no pagáramos una renta, no sufriéramos durante una ola de calor o una vivienda mal aislada. Como si el cambio climático nos afectara únicamente porque cambia el color de los renders. O como si el acceso a una vivienda de calidad o la desaparición del espacio público para ser convertido en un espacio de consumo fueran problemas ajenos que observamos desde la distancia, con la misma curiosidad de un entomólogo. Y, sin embargo, llevamos demasiado tiempo intentando sobrevivir exactamente en el mismo mundo que todo el mundo.

Aún la he vuelto a oír estos días. También he pensado mucho en esa frase al mirar un mes atrás y recordar lo ocurrido en Barcelona. Durante cinco días, del 28 de junio al 2 de julio, aquella ciudad fue la sede del Congreso Mundial de Arquitectos 2026. Un evento que reunió a más de diez mil participantes procedentes de más de un centenar de países, con decenas de conferencias, debates, una enorme exposición en uno de los edificios más emblemáticos de su silueta urbana —”les Tres Xemeneies”, es decir, las tres chimeneas, o la antigua central tèrmica de Sant Adrià de Besòs— y recorridos urbanos repartidos en varias sedes. Un despliegue considerable, incluso apabullante, que se da, además, en el marco de la celebración de la capital catalana como capital mundial de la arquitectura 2026.

Los congresos como este, sin embargo, siempre esconden algo más interesante que cualquier imagen o relato pretendidamente oficial. Y en este caso, más que cualquier cifra de asistentes, número de ponencias o la inevitable sucesión de palabras de moda que acompañan cualquier evento internacional, lo más llamativo era la fuerte presencia de  muchísima gente joven.

Estudiantes. Arquitectas recién tituladas. Arquitectos que todavía no habían terminado de decidir qué clase de profesionales querían ser. Gente que probablemente nunca llegará a proyectar aquellos edificios icónicos con los que la generación de sus profesores soñó o se dedicó a pregonar durante décadas.

Architectures

Durante demasiado tiempo la arquitectura ha dedicado una parte considerable de sus esfuerzos a hablar de sí misma. Sus estilos, sus autores, sus premios, sus edificios estrella, sus revistas, su —ejem, ejem— lenguaje,… O su extraordinaria capacidad para convertir cualquier discusión en una conversación sobre la propia arquitectura.

Existe otra costumbre muy de nuestra disciplina. Cada cierto tiempo decidimos redefinir la arquitectura. Nos encanta. ¿Qué es la arquitectura?

La pregunta aparece con la misma frecuencia que los propósitos que nos hacemos a principios de año y que nunca cumpliremos. Llevamos años tratando de respondernos. Y seguimos sin ponernos de acuerdo.

Aun así, durante mucho tiempo confundimos arquitectura con, simplemente, construir edificios. Era comprensible. Si eres arquitecto o arquitecta, acabas creyendo que tu herramienta principal son los edificios.

Y un día descubres que no. Que construir edificios era, en realidad, una excusa para hablar de otra cosa. De cómo vivimos. De cómo convivimos. De cómo envejecemos. De cómo respiramos. De cuánto tarda un niño en llegar andando al colegio. De cuánto sol entra por una ventana en agosto. De cuánto cuesta mantener caliente una casa. La arquitectura nunca fue una disciplina sobre edificios. Fue una disciplina sobre la vida. Solo que tardamos bastante en darnos cuenta. A estas alturas sospecho que la respuesta correcta es bastante sencilla. La arquitectura consiste en intentar mejorar las condiciones materiales de la vida. Todo lo demás son notas al pie.

Mientras tanto, fuera de nuestros estudios, han ido ocurriendo cosas bastante importantes. Una buena vivienda empezó a convertirse en un bien escaso. Las ciudades se han ido calentando, hundiendo o empiezan a tener problemas de abastecimiento de agua. El suelo ha dejado de ser infinito. La biodiversidad se ha reducido. La energía ha dejado de ser barata. Los materiales ya no son tan inocentes. Vivimos expulsiones y genocidios. El petróleo dirige guerras.

Entonces surge la pregunta (incómoda). ¿Qué hace exactamente un arquitecto cuando el mayor problema ya no es diseñar un edificio, sino comprender el mundo en el que ese edificio va a existir?

Durante décadas la disciplina ha tratado de responder ampliando el vocabulario. Sostenibilidad. Resiliencia. Circularidad. Renaturalización. Economía de recursos. Y ahí seguimos, ampliando. Ya no basta con hablar de edificios. Hay que hablar de agua.De carbono. De cuidados. De energía. De biodiversidad. De inteligencia artificial. De migraciones. De salud mental. De desigualdad.

Resulta curioso. Cuanto más complejos se vuelven los problemas de nuestro tiempo, menos habla la arquitectura de arquitectura.

Y eso, probablemente, sea una excelente noticia.

Planet

El lema del congreso era Becoming. Architectures for a Planet in Transition. Hay quien podría pensar que se trata simplemente de una combinación afortunada de palabras capaces de quedar bien impresas sobre una lona de gran formato.

Los congresos internacionales sienten una fascinación casi infantil por fabricar lemas. Pero eso, esta vez, sería injusto. Pese a ser un congreso de arquitectura, la palabra importante nunca fue architectures. Era planet.

Hace apenas veinte años buena parte de los debates arquitectónicos giraban alrededor de la forma. Después llegó la eficiencia. Luego la sostenibilidad. Ahora hablamos de biodiversidad, economía circular, inteligencia artificial, salud, agua, energía, materiales regenerativos, justicia espacial o especies no humanas.

Algunos interpretarán ese cambio como una pérdida de identidad. Yo creo exactamente lo contrario. No creo que sea casual que a la fuerte presencia de gente joven se sumara la ausencia de generaciones mayores. Quizá sea la primera vez en mucho tiempo que un congreso me deja la sensación de una arquitectura que deja de hablar exclusivamente de sí misma.

Qué necesario. No necesitamos otro debate sobre fachadas icónicas y composiciones bellas. Necesitamos hablar de una arquitectura que sea capaz de responsabilizarse con el mundo en el que vive. Necesitamos una arquitectura que sea capaz de dejar de entender el planeta como un escenario neutro y aséptico sobre el que construir, y empezar a entenderlo como problema y solución sobre el que debemos actuar.

Durante buena parte del siglo XX hemos diseñado edificios suponiendo que el contexto era estable, que el clima era una constante, que los recursos parecían inagotables, que las ciudades siempre crecían, que la energía estaba disponible y que la tecnología resolvía cualquier contradicción.

Hoy ninguna de esas certezas sigue en pie. Y la pregunta se ha desplazado de la necesidad de construir más a construir mejor. Incluso, de cómo construir menos cuando sea necesario. Eso explica que el congreso hablara de economía circular, de interdependencia, de conciencia material o de nuevas formas de convivencia con otros seres vivos.

Hace unos años estos temas habrían parecido extravagancias académicas. Hoy son simplemente sentido común. No porque la arquitectura haya descubierto de repente la ética. Sino porque el planeta nos ha hecho evidente que no podemos eludirlas más.

La sociedad no necesita que la arquitectura le hable. Necesita que la arquitectura escuche.

Existe cierta tendencia a presentar a los arquitectos como pedagogos permanentes. Debemos explicar. Difundir. Sensibilizar. Acercarnos. Traducir(nos).

Como si la ciudadanía esperara ansiosa una clase magistral sobre tipologías edificatorias. La realidad es bastante menos romántica. Esos temas están bien para hablar entre nosotros y nosotras alguna vez.

Pero el mundo sigue adelante y la sociedad lleva mucho tiempo hablando. Habla cuando una familia tiene que dejar su barrio o cuando debe construir su residencia con sus propios medios de forma precarizada. Cuando un barrio pierde sus árboles. Cuando un colegio alcanza cuarenta grados en junio. Cuando una catástrofe natural recuerda que construir contra el territorio suele terminar mal. Cuando una persona mayor vive sola en un edificio pensado únicamente para producir metros cuadrados.

Todo eso también es arquitectura.

Quizá el mayor cambio de la profesión consista precisamente en eso. En aceptar que no todas las preguntas ya no nacen dentro del estudio. Llegan desde fuera. Y eso, lejos de debilitar la disciplina, la hace infinitamente más relevante.

Transition

La palabra transición suele asociarse a un trayecto entre dos estados conocidos. Bajo la óptica de los últimos acontecimientos —cambio climático, migraciones, auge de políticos conservadores, mega ricos haciendo gala de su desinterés por el mundo queriendo lanzarse a marte, guerras— nadie tiene hacia dónde vamos hoy. Eso genera cierta ansiedad, pero ofrece cierta sensación de libertad. Deja la posibilidad de imaginar muchos escenarios posibles. A veces acertaremos. Muchas veces no. Pero, a tener por los debates que deja el congreso, la indiferencia no parece ser el problema.

En ese contexto, esa transición no es tecnológica. Ni energética. Ni siquiera ecológica. Es, mas bien, moral, ética y disciplinar. Durante buena parte del siglo XX el arquitecto aspiraba a transformar el mundo a su imagen de perfección y progreso. Hoy empieza a conformarse con algo aparentemente más modesto: no empeorarlo y, si fuera posible, mejorarlo.

La arquitectura —y el planeta, en general— vive probablemente una de las transformaciones más profundas de su historia reciente. No porque haya aparecido la inteligencia artificial. Ni porque cambien los materiales. Ni porque existan nuevas normativas. Eso son meras herramientas. Las herramientas siempre van a cambiar.

La verdadera transformación es otra. Estamos dejando de entender al arquitecto como el profesional que posee respuestas certeras. Para empezar a verlo como alguien que aprende a formular mejores preguntas.

¿Cómo habitaremos una población cada vez más envejecida? ¿Cómo construiremos sin seguir agotando recursos? ¿Cómo compartiremos espacio con otras especies? ¿Cómo incorporaremos la inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia humana?¿Cómo diseñaremos ciudades donde vivir sea algo más que sobrevivir?

Son preguntas enormes. Demasiado grandes para una única disciplina. Y precisamente por eso la arquitectura tiene algo que aportar. No porque pueda resolverlas sola. Sino porque siempre ha trabajado conectando piezas distintas. Técnica y cultura. Economía y paisaje. Ingeniería y política. Materia y vida cotidiana. Quizá nunca había sido tan evidente como hoy que proyectar un edificio consistía, en realidad, en proyectar relaciones.

¿Llegar a ser?

Hay algo especialmente esperanzador en haber visto tantos estudiantes ocupando auditorios y pasillos en Barcelona.

No es que la juventud tenga automáticamente razón. La historia nos demuestra que la realidad no funciona así. Pero, a diferencia de los que ya empezamos a ser mayores, los y las jóvenes —ser joven es un estado mental— todavía conservan una ventaja extraordinaria: pueden cambiar de opinión. Pueden abandonar inercias. Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. La gente joven puede permitirse dudar. Una disciplina que duda suele estar mucho más viva que una disciplina convencida de tener todas las respuestas.

Quizá eso era lo verdaderamente importante del congreso. No las conferencias. No los nombres. Ni siquiera los edificios que aparecían en las pantallas.

Lo importante era la sensación de que existe una generación que ha dejado de preguntarse cómo quiere ser recordada para empezar a preguntarse cómo quiere ser útil.

Es un cambio pequeño. También enorme.

Durante demasiado tiempo la arquitectura ha perseguido la excepcionalidad. Tal vez ahora le toque perseguir la pertinencia. No es poca ambición.

El presente probablemente no necesite más arquitectos estrella. Pero es casi seguro que necesita mejores profesionales. Arquitectas y arquitectos capaces de escuchar antes de dibujar; de colaborar antes que competir; de comprender que un plano nunca termina en el borde del papel, y de asumir que la arquitectura no tiene que acercarse a la sociedad.

Porque nunca estuvo fuera de ella.

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