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BAÑOS, la escatología del diseño

BAÑOS, la escatología del diseño

9 julio, 2026
por Juan Carlos Tello

Quienes hayan tenido la oportunidad de viajar por Europa o Asia, sobre todo a mediados de los años noventa, probablemente habrán conocido algunos excusados muy distintos a los que estamos acostumbrados en México. Antes de hablar de ellos, quisiera comenzar por otra experiencia.

La primera vez que me bañé —o mejor dicho, que intenté ducharme— en Europa, descubrí que ambas cosas no significaban necesariamente lo mismo. Hasta entonces nunca había pensado que existiera una diferencia. El baño parecía una sala más de la casa: alfombras, pequeños adornos, muebles de madera, objetos que me resultaban incompatibles con el agua. Me preguntaba cómo era posible que todo aquello no terminara completamente empapado. Después de varias experiencias entendí que, en muchas casas, ahí se bañaban, pero no se duchaban como nosotros entendemos una ducha cotidiana.

Pocos días después apareció otro descubrimiento, mucho más incómodo. Había evitado, hasta donde fue posible, utilizar un baño público para defecar. No por pudor, sino porque los excusados eran completamente distintos a los que conocía. Al principio me parecían un error de diseño; con el tiempo comprendí que simplemente respondían a otra cultura.

Muchos de esos muebles han desaparecido y han sido sustituidos por modelos semejantes a los que hoy utilizamos en México. Sin embargo, durante años tuvieron pleno sentido en sus respectivos países. Cada explicación que escuchaba —de alemanes, franceses, japoneses o ingleses— me sorprendía. También ellos se sorprendían cuando les contaba cómo entendíamos nosotros un baño. Bastaba dejar el decoro a un lado para descubrir que el cuarto de baño dice mucho más de una cultura que muchos de sus monumentos.

Le Corbusier afirmaba que el excusado era probablemente el objeto de diseño más bello de la casa. Según cuenta Beatriz Colomina, Yvonne Le Corbusier solía cubrirlo con un paño cuando recibían visitas, pues aparecía completamente expuesto desde el dormitorio. Resulta curioso que un objeto tan cotidiano haya sido, al mismo tiempo, motivo de admiración arquitectónica y de pudor doméstico.

Leyendo la historia del baño uno descubre que casi todos organizamos este espacio de manera semejante sin preguntarnos demasiado por qué. En México heredamos gran parte de esa organización de la vivienda norteamericana. Sin embargo, en las escuelas de arquitectura solemos pedir a los alumnos que “inventen” un baño, como si cada proyecto debiera descubrir nuevamente el hilo negro.

Durante años el Neufert fue casi un libro prohibido para muchos estudiantes, acusado de estandarizar la arquitectura. Sin embargo, basta abrir cualquiera de sus páginas para entender que muchas de esas disposiciones no son ocurrencias arbitrarias, sino el resultado de décadas de prueba y error. La posición del lavabo, el inodoro o la regadera no responde únicamente a una composición espacial; también obedece a la economía de instalaciones, recorridos de tubería, mantenimiento y costos de construcción. Antes de inventar conviene entender por qué ciertas soluciones llegaron a convertirse en tipos.

Existe además una razón sanitaria que muchas veces olvidamos. Solemos escuchar que un cepillo de dientes puede contener más bacterias que un excusado. Más allá de si la afirmación es exacta, basta mirar la historia para comprender por qué, durante siglos, el inodoro permaneció separado de los espacios habitables. Desde una vivienda en la Mixteca mexicana hasta un hotel contemporáneo en Japón, muchas semejanzas responden a problemas que distintas culturas intentaron resolver de manera parecida.

Regresando a la “máquina de cagar”, fue Alemania donde encontré el objeto que más me desconcertó. El excusado tenía una plataforma interior donde todo quedaba depositado antes de desaparecer con la descarga. Lo primero que pensé fue: ¿para qué? Después comenzaron otras preguntas menos elegantes. ¿Qué pasa si uno tiene diarrea? ¿Y si el mojón es demasiado grande? ¿Y si toca el agua? ¿Y si salpica?

La experiencia terminó convirtiéndose casi en un ejercicio de sentadillas.

Tiempo después pregunté la razón de aquel diseño. La respuesta fue sencilla: así podían observar mejor las heces cuando era necesario detectar problemas de salud o tomar una muestra médica. Mi reacción fue inmediata: precisamente lo último que yo quería era verlas. Ellos parecían no entender mi sorpresa; yo tampoco la de ellos.

También descubrí otra diferencia inesperada. Muchos hombres alemanes orinan sentados. Incluso existen pequeñas calcomanías colocadas sobre el muro indicando que así debe hacerse para evitar salpicaduras. Cuando regresé a México coloqué una de esas indicaciones en el baño de mi departamento, que por entonces funcionaba como oficina. Los hombres se burlaban; las mujeres lo agradecían.

Después llegó Japón.

Si el baño alemán parecía extraño, el japonés parecía una cápsula intergaláctica. Sensores, botones, música, chorros de agua con distintas funciones, temperatura regulable, secadores… Uno termina preguntándose si está entrando a un baño o a la cabina de una nave espacial. Sin embargo, detrás de toda esa tecnología sigue existiendo la misma pregunta: ¿cómo entendemos un acto tan cotidiano como ir al baño?

Durante varios años propuse a mis alumnos estudiar precisamente ese espacio. Comenzábamos por el suyo propio. A la manera de Bernd y Hilla Becher realizaban un registro fotográfico con reglas muy estrictas: exactamente el mismo punto de vista, tres veces al día, durante cinco días, antes y después de ser utilizado. Treinta fotografías idénticas.

Después venía el dibujo.

Había que dibujar absolutamente todo: no solamente el lavabo, el excusado o la regadera, sino también los cepillos, las toallas, las botellas de shampoo, los colores, las ventanas, los azulejos, las manchas de humedad, los objetos olvidados. Todo aquello que normalmente dejamos de ver.

Más tarde cada alumno dibujaba un baño del siglo XX diseñado por un arquitecto reconocido —Mies van der Rohe, Le Corbusier y muchos otros— para finalmente hacer lo mismo con uno correspondiente al siglo XXI.

Las sorpresas siempre eran las mismas.

Descubrían que muchos de los prejuicios que tenemos sobre el baño son extraordinariamente recientes; que aquello que creemos natural suele ser apenas una costumbre heredada; y que muchas decisiones aparentemente insignificantes esconden una larga historia cultural.

Al final, el ejercicio nunca trató realmente sobre baños.

Trató sobre aprender a mirar.

Porque, una vez más, el dibujo demostraba que aquello que parecía cotidiano terminaba revelando un mundo entero.

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