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Armonía y disonancia

Armonía y disonancia

4 septiembre, 2013
por Mariana Barrón | Twitter: marianne_petite | Instagram: marianne_petite

Concebido como una escultura penetrable donde se experimenta el espacio con un tinte emocional, Museo Experimental El Eco ha sido, desde los años 50, una de las tantas plataformas del arte mexicano e internacional. El espacio ideado bajo la premisa “haga lo que se le dé la gana” y con un diseño basado en el Manifiesto de la Arquitectura Emocional, Mathias Goeritz desarrolló una estructura poética que llevaba a los visitantes a reflejar su experiencia del espacio en un acto afectivo; concepto que desafiaba los intereses del Funcionalismo.

Quizás no muy lejos de estas premisas iniciales, desde el 24 de agosto se disponen tres escultores mexicanos a participar en una exposición colectiva donde uno a uno dispone del espacio emocional, colaborando de tal manera que se intuye la armonía ante su disonancia que crea su participación colectiva.

Los nombres de los artistas que conforman la muestra son Hersúa, Alejandro Almanza Pereda y Diego Pérez que presentan tres lenguajes escultóricos diferentes, tres maneras de actuar en el espacio, tres tiempos posicionados estratégicamente en las salas y el patio de este edificio.

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‘Ambiente II’ de Hersúa fue creada en los años 70 y presentada junto con Ambiente I en Bellas Artes. Cuarenta años después ha sido reinstalada en el piso superior del edificio. El mismo Hersúa la define como “una pieza anti-objetualista” que enfatiza la interacción del espectador, el movimiento, el espacio y lo efímero, negando el objeto, involucrándolo en otras acciones, no solo humanas, sino también con carga emocional que el propio Mathias Goeritz plantea en esta arquitectura. En aquella exposición del 70 se activó la pieza con danza, música y actividades recreativas con niños, dándole a la pieza posibilidades espaciales y escenográficas. Algo en la línea curatorial de otras exposiciones que se encuentran en la agenda cultural actualmente como ‘Mandala Mental’ y ‘Arrecife’, en el MUAC , u otras recientes como ‘Floor of the Forrest’, en Museo Rufino Tamayo, que a partir de la danza también activaba la instalación puesta en el vestíbulo del edificio.

Dialogando entre el afuera y el dentro, ‘Ambiente II’ es una obra viva y cambiante a partir del efecto humano en los espacios que los condiciona, modifica y apropia. Planteando un recorrido a partir del hilo que nunca va a ser igual, dicho por el propio Hersúa.

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La segunda de las intervenciones es ‘Las quince letras’, de Alejandro Almanza Pereda. Aquí, vestigios e historia del arte se unen y forman un lenguaje que se dice practicante de lo autosustentable. Partiendo de la acumulación material y asumiendo su conocimiento recrea un lenguaje sustentado en un método basado en la inestabilidad del material, de cierta manera desafiando las leyes estáticas, llegando a un momento de posible desequilibrio. Su contenido formal, conceptual e histórico va desde la modernidad hasta la utilización de los ornamentos clásicos; el acero, la madera y elementos como columnas griegas son presentados cómo un collage que envuelve la producción histórica de los materiales estáticos. Alejandro tiene una segunda escultura en esta galería principal del edificio, hecha a base de yute que cuestiona los límites de la materia.

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‘Nuestra casa sería un campamento’ de Diego Pérez se desarolla a partir de pensar que “el hombre sigue siendo el lobo del hombre” y donde “el progreso es el lobo más salvaje y se come al buen salvaje y al tercermundista en desarrollo. Y hay quienes no quieren desarrollo. Diógenes por ejemplo, quién comió pulpo crudo y murió por ello. Él rechazó a Prometeo, que robó el fuego a los Dioses para entregárselo a los hombres que lo utilizan para quemar la carne y los alimentos: el caldero y la cazuela”. Diego Pérez mueve dos toneladas de barro y arena hasta el patio del museo, creando una cocina común, una especie de hogar temporal en la que todos y cada uno de los objetos construidos con este barro están hechos para usarse, no son piezas protegidas, con lo que rompen la distancia propia del museo para que por ellos corran el placer y la inteligencia.

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