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A la mexicana

A la mexicana

26 febrero, 2018
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

Santa Fe es una ficción. Y la etimología de fingir no podía ser aquí mas útil: moldear, simular pero también aparentar. Un desarrollo que se quiere ciudad desarrollada y que tomó su nombre de otra, la Santa Fe de abajo, fundada por Vasco de Quiroga en la primera mitad del siglo XVI siguiendo el pensamiento de Tomás Moro, y quizá resulta demasiado fácil oponer la idea de la utopía renacentista a la realidad distópica del capitalismo tardío, incapaz de propiciar desarrollo sin excluir o de generar riqueza sin amasar pobreza. Una ficción.

Hace unos días el New York Times publicó un reportaje firmado por Paulina Villegas: Los últimos campesinos de Santa Fe. Es la historia de Emiliano Carmona y su familia. Carmona murió en noviembre pasado a los 80 años. “Nunca había probado la leche de un cartón: siempre tomó la de sus vacas,” escribe Villegas. “Se bañaba con un calentador de leña —aunque están prohibidos hace años en la ciudad— y al final de su vida sólo comía tortillas hechas con el maíz que cosechaba en su parcela”. Las imágenes que acompañan al artículo muestran restos de ese otro mundo rural, rodeado por colonias suburbanas de nivel socioeconómico bajo a las que se sobrepone, con notoria violencia, el mundo del desarrollo con sus torres y vías elevadas, como queriendo alejarse lo más posible de eso que queda ahí abajo. “Irrupciones del primer mundo en países del tercero”, como escribió en alguno de sus ensayos Victor Burgin. En su reportaje, Villegas entrevista a Juan Enríquez Cabot, quien fuera director de Servicios Metropolitanos cuando Manuel Camacho Solís fue regente del Distrito Federal. Enriquez sobrevoló en helicóptero la ciudad con la encomienda de encontrar “algún espacio disponible donde acomodar el proyecto de expansión y transformación de la Ciudad de México a finales de los años ochenta”. En helicóptero, claro, porque el desarrollo se planifica, ya sabemos, desde lejos, a distancia. “La única área que le pareció factible para hacer un proyecto a gran escala era la de Santa Fe”: minas de arena que ya no se explotaban, tiraderos de basura y asentamientos de pepenadores rodeados de pequeños pueblos. “Terrenos que en esa época no valían nada”. No nos detengamos demasiado a preguntarnos por qué no valían nada y si ese valor se refiere sólo a los terrenos o incluía una valoración de sus habitantes y sus modos de vida.

En esos terrenos sin valor se inició la construcción de la Universidad Iberoamericana en 1982 y en 1987 se calificó el área como Zona Especial de Desarrollo. Habría que preguntarse qué de especial tenía ese “desarrollo”, pero treinta años después, Santa Fe es un ejemplo de falta de planeación cuyos beneficios, económicos o sociales, quizá no sean siquiera equiparables a los costos suscitados por ese defecto. Una ciudad sin banquetas ni espacio o transporte público, que creció impulsada por el automóvil y el consumo. En ese contexto, lo que se hiciera en un predio como el conocido como La Mexicana, pudo haber indicado el inicio, tardío, de otra manera de entender el desarrollo urbano en la zona. No fue así.

El 4 de mayo del 2012, siendo Marcelo Ebrard jefe de gobierno de la ciudad, se publicó el Programa Parcial de Desarrollo Urbano de la zona Santa Fe, en el que se proponía “urbanizar el predio conocido como La Mexicana para permitir la ocupación del mismo con poco más de cinco mil viviendas y un área para desarrollo de servicios urbanos”, calculando una población de más de 20 mil habitantes en viviendas, se dijo, con carácter social. El 17 de agosto del mismo año, se publicó el decreto para desincorporar de los bienes del dominio público los más de 74 mil metros cuadrados del terreno de La Mexicana, “para su posterior enajenación a título oneroso, en las condiciones más favorables para el Distrito Federal”. Ante la oposición de grupos de vecinos de Santa Fe, en mayo del 2013, ya como jefe de gobierno, Miguel Angel Mancera declaró que antes de cualquier desarrollo debía realizarse un Plan de Manejo que incluyera un estudio de impacto ambiental, un proyecto de usos mixtos y un estudio de viabilidad. En septiembre del 2015, Mancera anunció su “decisión de cancelar el exclusivo destino habitacional para el predio La Mexicana”, y el 25 de mayo del 2016, acatando una orden judicial, se publicó en Gaceta Oficial de la Ciudad de México otro decreto “por el que se deja insubsistente el Procedimiento, la Expedición, la Promulgación y la Publicación del Decreto” mediante el cual se desincorporaba de los Bienes del Dominio Público el predio la Mexicana. El 16 de noviembre del 2017, se publicó la “Declaratoria de Necesidad” del mismo predio, diciendo que “la Administración Pública de la Ciudad de México identificó como área de oportunidad la creación de un parque público que beneficie de manera integral a la ciudad y a sus habitantes, a través de la constitución de un Sistema de Actuación por Cooperación”. Ocho días más tarde, montando en una bici y vistiendo un chaleco de plástico color rosa, Mancera inauguraba las 30 hectáreas del parque La Mexicana, con sus andadores, lago artificial y zonas comerciales, con un costo, según distintos medios, de 2 mil millones de pesos aportados por inversionistas privados a cambio de otras 12 hectáreas adyacentes donde construirán más de 1,600 departamentos de lujo. ¿Todos ganamos? Tal vez unos más, mucho más que otros.

Parque La Mexicana. Foto vía www.cdmx.gob.mx

 

En un artículo publicado el 18 de diciembre del 2017, Martha Delgado, Secretaria del Medio Ambiente del ex Distrito Federal del 2006 al 2012, bajo el gobierno de Marcelo Ebrard, escribió que “unas simples multiplicaciones y reglas de tres” bastaban “para darse cuenta que la ciudad salió perdiendo”, pues el terreno de La Mexicana tenía un valor comercial “de más de 6 mil millones de pesos y con un potencial de desarrollo urbano de casi 20 mil millones” y se cambió por un parque que costó 2 mil millones y que, aunque sirve también a los habitantes de la zona, es un claro beneficio para los inversionistas que verán aumentar el valor de los departamentos a construirse en la zona. Se repite así la historia de gestionar grandes beneficios privados a partir de bienes y servicios públicos, como ha sido la estrategia común en la presente administración de la Ciudad de México. Y también se repite la falta total de transparencia, en una historia que, como aquí apenas se esbozó, ha sido larga y compleja. El periódico Reforma publicó que “ante una petición ciudadana para conocer el título de concesión, las personas a cargo del desarrollo y las consideraciones técnicas para ceder la superficie, el comité de transparencia determinó: «Se concluye que se trata de información restringida en su modalidad de reservada por un plazo de un año y la autoridad responsable de la conservación, guarda y custodia es la Dirección General de Desarrollo Urbano de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda de la Ciudad de México.»” La nota termina explicando que “no podrán ser conocidos en este lapso” —tras el cual los funcionarios responsables de estos acuerdos habrán dejado su cargo— “los términos financieros del intercambio por el cual Grupo Danhos invirtió para crear el parque de 28 hectáreas a cambio de 8 entregadas por el Gobierno con el fin de construir torres de departamentos de lujo para comercializar y recuperar la inversión en el espacio público.”

Parque La Mexicana. Foto vía www.cdmx.gob.mx

 

Pero ante todo, habría que preguntar a qué llamamos espacio público. Más allá del diseño urbano y arquitectónico del parque, ¿podemos pensar como espacio público un área verde que se concibe como un desarrollo comercial al aire libre y donde los acuerdos financieros para su construcción se mantienen, por decreto, en la opacidad durante un año? ¿Qué tanto beneficio público resulta cuando, ante la oposición vecinal para construir una cantidad, aparentemente excesiva, de unidades de vivienda asequibles, se beneficia un negocio inmobiliario dirigido exclusivamente a los más privilegiados? ¿Qué tan públicos son los planes urbanos relativos a transporte o servicios públicos que respondan a los análisis que Mancera esgrimió como necesarios desde el 2013? La construcción de lo público concibiendo la ciudad sólo como negocio se queda así en una ficción a la mexicana donde el beneficio común, la transparencia y la rendición de cuentas o la planeación para un mejor futuro compartido, son temas de discursos que la realidad, parece, traiciona, como traicionó, quizá, a la utopía de Vasco de Quiroga y al mundo de Emiliano Carmona.

Parque La Mexicana. Foto vía www.cdmx.gob.mx

 

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