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Columnas

Craig Dykers en el CAM SAM: “Por lo menos salieron a bailar”

Craig Dykers en el CAM SAM: “Por lo menos salieron a bailar”

20 marzo, 2026
por Emiliano Muñoz Espinoza

“Saber que no se sabe” fue el punto de partida. A sus 28 años, Craig Dykers ganó el concurso para la Biblioteca de Alejandría sin estar preparado para manejar un proyecto de tal magnitud. Casi cuatro décadas después, el cofundador de Snøhetta compartió con miembros del Colegio de Arquitectos Mexicanos y la Sociedad de Arquitectos Mexicanos las lecciones de una trayectoria construida desde la humildad, el desacuerdo productivo y la convicción de que el paisaje ve lo que permanece invisible para otros.

El inicio: Biblioteca de Alejandría

Dykers rememoró sus inicios: a los 28 años y recién egresado, junto a su socio Kjetil Trædal Thorsen, ingresó al concurso internacional para el diseño de la nueva Biblioteca de Alejandría. En ese momento, confesó, era muy joven e inexperto. El despacho no estaba realmente preparado para manejar un proyecto de tal magnitud: un concurso internacional con una inversión de cientos de millones de dólares.

El viaje a Egipto para recibir el premio requirió usar todo el dinero que tenía disponible para pagar el vuelo, con la esperanza de que la compensación económica inicial fuera suficiente para costear el regreso.

De esta experiencia emerge un aprendizaje particular: la capacidad autocrítica de reconocer que uno no tiene el conocimiento ni la experiencia para determinados proyectos. Saber que no se sabe, algo que implica una humildad y autoconciencia a veces antagónicas con el proceso de aprendizaje tradicional de las escuelas de arquitectura.

Biblioteca de Alejandría, Snøhetta, 2001

La estrategia de Snøhetta frente a la montaña de trabajo fue precisamente esa: reconocer con humildad su posición frente al proyecto y comenzar a consultar a una diversidad de expertos con conocimiento real sobre los retos que implicaba una obra de tal magnitud.

Paisaje: ver lo subterráneo

Desde ese primer proyecto, Snøhetta se consolidó como una oficina interesada en la práctica multidisciplinar. Dykers destacó particularmente el papel de los arquitectos paisajistas en el proceso proyectual del despacho. Sobre el futuro de la profesión, espera que pronto los arquitectos den un paso atrás para observar el valor de los arquitectos paisajistas y del paisaje en sí.

Todo proyecto, explicó, comienza con una pregunta sobre el lugar donde será emplazado. Mientras el arquitecto aborda cuestiones espaciales, tectónicas, técnicas, urbanas, sociales y de habitabilidad, los arquitectos paisajistas pueden ver aspectos que parecerían invisibles para otros. Mientras un arquitecto atiende la superficie, el arquitecto paisajista es consciente de lo subterráneo: la tierra, las raíces, el flujo del agua en el subsuelo.

El paisaje es a menudo malentendido. Uno piensa en árboles, plantas, ríos, pero en realidad es el conjunto de elementos que, interconectados, producen la experiencia sensible completa del exterior. El paisaje también son las colinas, el terreno, el cielo y el viento. A ese respecto, la Ciudad de México se encuentra en uno de los paisajes más interesantes del mundo: una ciudad lacustre, al resguardo de montañas y con la calidez del trópico, una urbe única en la geósfera.

De lo que permanece invisible en el subsuelo a lo que se manifiesta en la superficie, la conversación transitó del paisaje a la identidad. Al preguntarle sobre la identidad de su práctica, Dykers enfatizó que la identidad no es más que la expresión del ser, una expresión que nace desde dentro de uno mismo y que adopta múltiples formas a partir de las condiciones materiales de cada quien: la expresión física, cultural e incluso cromática. La arquitectura mexicana le entusiasma en gran medida porque los mexicanos parecen no temerle al color, una herencia de la tradición emocional de la arquitectura nacional.

Desacuerdo como fortaleza

Si la identidad es expresión del ser individual, ¿Cómo se expresa la identidad de una oficina conformada por múltiples voces? Sobre el manejo de desacuerdos dentro de la oficina, la verdadera fortaleza de un equipo existe en el desacuerdo, el debate y el mutuo esfuerzo de entendimiento. Al describir la jerarquía de los distintos estudios de Snøhetta alrededor del mundo, no la define como una empresa horizontal sino como una meseta poco elevada: no existe una sola persona al mando, sino un grupo, pero los miembros del equipo no están muy lejanos de ese núcleo de decisión.

En este proceso resulta fundamental ser conscientes de que en arquitectura no existe una sola solución perfecta, sino una multitud de posibles soluciones cuya eficiencia varía para cada parámetro de calidad arquitectónica. Ahí es donde hay que tomar decisiones, afirmó Dykers.

Del espacio interno del despacho, donde el desacuerdo construye, la reflexión se desplazó hacia el espacio público, donde la arquitectura puede provocar formas de convivencia. Cuando se le cuestionó sobre la responsabilidad social de la profesión, su respuesta fue clara: los arquitectos somos completamente capaces de diseñar lugares positivos, constructivos, amables y de cohesión social. No hacemos las leyes que pueden permitir hacer del mundo un mejor lugar, no somos políticos ni abogados, pero lo que sí podemos hacer es conectar profundamente con la gente y sus necesidades. Por ejemplo, con la manera en que las personas se relacionan en el espacio público.

Observar cómo la gente se comporta en el espacio público es una de sus actividades predilectas. Para ilustrarlo, utilizó un ejemplo particular: la estación Grand Central en Nueva York, un espacio público concurrido y querido por los neoyorquinos. Esto se debe a dos factores principales. Por un lado, Grand Central tiene una cubierta monumentalmente alta, lo cual evita la sensación de compresión al habitarla. Además —y esta es la clave—, en el centro del hall principal se encuentra un kiosco de información circular. Este pequeño volumen en medio de la enorme plaza cubierta provoca que, en hora pico, cuando todos los usuarios atraviesan el hall y sus caminos se cruzan en el centro, tengan que evadir el kiosco. En este movimiento evasivo se generan sutiles y breves intercambios de información no verbal para evitar la colisión con el transeúnte vecino. Craig ve este fenómeno como una metáfora de la situación actual del mundo: cuando las cosas van mal y hay incertidumbre, los seres humanos nos volvemos más amigables, porque necesitamos hablar y ponernos de acuerdo para sobrellevar los retos del mundo.

Estación Grand Central en hora pico, Nueva York

La calculadora y la IA

La pregunta del público fue inevitable: ¿Cómo impactarán las nuevas tecnologías esta capacidad de observar, diseñar y construir espacios para el encuentro? Al preguntarle sobre la inteligencia artificial y su impacto en el trabajo de los arquitectos, Dykers planteó que no es solo la arquitectura la que enfrenta los retos de las nuevas tecnologías; cualquier profesión técnica se encuentra ante el mismo panorama. Utilizó una comparativa curiosa entre la IA y el uso de calculadoras portátiles: en su juventud, su profesor de matemáticas prohibió que usaran las entonces novedosas calculadoras porque pensaba que eso evitaría que aprendieran aritmética manualmente. En retrospectiva, quizá tenía razón, dijo el arquitecto, pero lo importante es hallar las formas correctas de relacionarse con las nuevas herramientas a disposición de la humanidad.

Las habilidades manuales importan, recalcó, así como la relevancia del lenguaje y la discusión activa como las herramientas más importantes en un despacho, más allá del conocimiento técnico necesario para operar las nuevas tecnologías. Este tema debe estar presente tanto en la práctica profesional como en la academia.

Practicar hasta abandonar la técnica

Más allá de las herramientas, el tema de fondo es la formación. ¿Cómo se prepara a un arquitecto para navegar la incertidumbre? La habilidad más importante que le han enseñado casi 40 años de práctica profesional es el manejo del riesgo. En la academia, explicó, existen dos vertientes de enseñanza: una basada en la ignorancia del riesgo, que busca desarrollar sin limitaciones la creatividad y la experimentación, y otra basada en la evasión del riesgo, cuyo objetivo es preparar a los futuros profesionistas para los desafíos de la práctica en campo. En su opinión, la estrategia debería ser el manejo del riesgo: saber navegarlo y permitirse espacios de incertidumbre dentro del proceso proyectual.

A propósito de esta cuestión, reflexionó sobre el balance entre la intuición artística y las habilidades técnicas. Un profesional no puede desarrollar una intuición artística viable y práctica sin un sólido conocimiento técnico. Recurrió entonces a una metáfora musical: los músicos de cualquier estilo e instrumento deben practicar hasta que las habilidades prácticas se vuelvan parte de su propio ser, memoria muscular y absoluta maestría. Con cada repetición, el músico va descubriendo algo nuevo de su instrumento, y es entonces, cuando la experiencia técnica es suficientemente fuerte, que hay que abandonarla. No dejar que nos limite, dejar de pensar en la perfección técnica y entonces sí, desarrollar una intuición creativa y artística libre y preparada.

Gran Opera de Shanghai, Snøhetta, imagen del proyecto, próxima apertura

Estas reflexiones sobre formación y práctica encontraron un anclaje específico al dirigir la mirada hacia el contexto mexicano. La arquitectura mexicana, afirmó, es rica, y el trabajo que llevan a cabo los profesionales mexicanos es notable. Al referirse al público presente, les dijo: “Ustedes tienen la enorme bendición de poder caminar las increíbles calles de esta ciudad, donde el paisaje de diferentes culturas y épocas se comunican y están en tensión y conflicto. Eso provoca que la práctica mexicana sea profunda y poderosa”. Recordó que lo primero que hizo al llegar a la Bienal de Venecia en 2015 fue ver el Pabellón Mexicano, Chinampa Veneta, y que quedó fascinado por él.

Salir a bailar

La conversación cerró con una pregunta hacia el futuro. Al preguntarle cómo creía que los historiadores y ciudadanos del futuro recordarían esta época de la arquitectura mundial, Dykers respondió con una anécdota personal.

De origen inglés, la madre de Craig era una joven durante los bombardeos a la capital británica en el invierno de 1940. Perdió a la mayor parte de su familia como consecuencia de esta violencia. El evento, conocido comúnmente como el Blitz, destruyó gran parte de Londres en un plazo de ocho meses. Durante ese período de terror y violencia, acostumbraba reunirse con sus amigos para salir a bailar a la discoteca que seguía en pie en la ciudad. “No sabíamos si estaríamos vivos al día siguiente, así que en lugar de quedarnos en casa a sentir terror y tristeza, decidimos salir a bailar”.

Esa es su reflexión sobre nuestros tiempos cuando sean vistos en retrospectiva y desde la seguridad del futuro: “Ojalá que digan: por lo menos salieron a bailar”.

Vecinos de Lambeth Walk bailando “The Lambeth Walk” entre los escombros del Blitz, septiembre de 1940.

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