Mies es más
“No soy un reformador, no quiero cambiar el mundo, quiero expresarlo. Eso es todo lo que quiero.” (1) Hace 140 [...]
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29 mayo, 2026
por Ernesto Betancourt
Teodoro González de León con Miguel Cervantes.
“La arquitectura, la pintura y la escultura, junto con la lectura y la música son mi manera de ser en el mundo. Nunca pienso en el futuro, siempre en el presente, creo que todos los tiempos pasados fueron peores, y es fundamental conocer el pasado para vivir en el presente y no equivocarnos.” (1)
Conocí a Teodoro González de León, siendo estudiante, sentado en un auditorio escuchando atento como un arquitecto maduro, hablaba de su trabajo con un ímpetu y una vitalidad fresca, mucho más renovada y vehemente de lo que yo percibía en las aulas en ese entonces incluso de arquitectos más jovenes, ahí decidí donde deseaba aprender el oficio de la arquitectura.
Unos años después toqué la puerta del número 63 de la calle de Amsterdam en la Colonia Condesa donde se encontraba su taller, a partir de ese día comencé a conocer, no solo a uno de los arquitectos más notables de la historia de México, sino a la persona.

En la película “My Architect” (2), un joven Nathaniel Kahn, hace un recorrido por diversos lugares para ir descubriendo en las obras de uno de los arquitectos más relevantes del siglo XX al arquitecto detrás de ellas, al hombre al que solo conoció siendo un niño a través de un afecto profundo, pero intermitente y distante, Louis Kahn -su padre, quien lo tuvo con Harriet Pattison a los 61 años, no tuvo la oportunidad de convivir más, su trabajo en la India, pero principalmente su matrimonio previo, le hacía difícil cultivar una mayor cercanía con su hijo, Kahn murió cuando Nathaniel tenía 12 años.
Este 2026, hoy: 29 de Mayo, se conmemora el centenario del nacimiento de Teodoro González de León, nativo de la Ciudad de México, y fallecido hace diez, el 16 de Septiembre de 2016 igualmente en la ciudad que lo vio nacer.
Crédito: Hynek Moravec
Con una trayectoria profesional de más de 50 años nos dejó obras emblemáticas como El Colegio de México, la sede del Infonavit, el Museo Rufino Tamayo, el Auditorio Nacional, la Escuela Superior de Música del CNA, el Conjunto Arcos Bosques, la Embajada de México en Berlin, la Torre Virreyes o el Conjunto Manacar, entre muchas otras, construidas en solitario o con arquitectos como Abraham Zabludovsky, Francisco J. Serrano, Carlos Tejeda o Aurelio Nuño.

Para conmemorar está fecha tan significativa para la historiografía arquitectónica de México y para mi en lo personal, pensé escribir un texto que retomara alguno de los aspectos relevantes de su obra, de su importancia metropolitana, o de alguno de esos otros aspectos geométricos y formales que definen sus edificios, contamos afortunadamente con una amplia bibliografía sobre su trabajo, yo mismo he escrito algunos artículos y habrá que seguir analizándolo, el propio Teodoro fue un escritor prolífico y existen múltiples ediciones sobre su trabajo (3), sin embargo, después de una reflexión, pensé que sería mejor idea escribir aunque sea brevemente, sobre el personaje detrás de la obra, de su lado humano y personal menos conocido y compartir a través de algunas anécdotas, pasajes que dejen ver sucintamente más al individuo y menos al personaje que el mismo cultivó.
Teodoro no era alguien que dejara mostrar sus emociones fácilmente, siempre mantenía ese carácter adusto y de resuelta racionalidad que transmitía, usaba las manos vivazmente para enfatizar sus opiniones o sus reclamos, pero de tanto en tanto también mostraba fugazmente su lado afectivo o emocional; en una ocasión haciendo un recorrido en la obra del edificio del Fondo de Cultura Económica en el que estábamos trabajando, le mostré como había quedado una ventana que habíamos diseñado para la entrada, el resultado distaba mucho de la pureza lineal y geométrica que se había concebido, fue mi inexperiencia que no previó algunos aspectos técnicos para lograr el resultado deseado y ya sin posibilidades de corrección, cuando le mostré mi error vi como su rostro adquirió un rictus de descontento, no dijo una sola palabra, solo movió la cabeza en señal de desaprobación, seguimos caminando, y algunos metros adelante, se detuvo y me dijo: –Ernesto, así son las obras, a veces se cometen errores y hay que asumirlos, y me contó algo parecido que le ocurrió con Le Corbusier mientras hacían las cancelerías de su casa en la Porte Molitor en París, seguimos después el recorrido como si nada hubiera ocurrido.
En sus cumpleaños -como hoy, mantuve la costumbre de regalarle siempre un libro y un vino, lo cual era un gran reto para mí, pues Teodoro, poseía una de las bibliotecas personales, no solo de arquitectura, sino de arte, filosofía y literatura, mejor nutridas del país, además de poseer un paladar muy educado para degustar vinos, creo haberlo sorprendido casi siempre, lo sé porque me comentaba tiempo después sobre los textos o el vino, y Teodoro no era afecto a regalar elogios vacuos. En ocasiones era él quien me sorprendía con algún libro de obsequio, en una ocasión de regreso de un viaje por Europa le comenté que había visto un ejemplar del libro de Roma de Letaroully (4), y lo había dejado ir, en aquellos días no era tan fácil conseguir libros online, meses después me obsequio el libro, traído especialmente en uno de sus viajes para remediar mi laguna bibliográfica.
Cuando gané en 1999 el Concurso Nacional para la rehabilitación del Zócalo capitalino, en el que su proyecto quedó en segundo lugar, fue el primero en llamar a mi oficina a primera hora en la mañana para felicitarme, luego vinieron las otras, la de Teodoro no se hizo esperar. Al tiempo descubrí, y lo he dicho en público y en privado, que si su proyecto hubiese sido el ganador probablemente sí se hubiera construido, pues Teodoro tenía un poder de gestión ante la autoridad que yo aún no había adquirido, muchas veces lo vi convencer a funcionarios, comités o mandatarios, de las bondades de sus ideas que podrían parecer riesgosas o excesivas y que al tiempo se veía su precisión y conveniencia, como el gran pórtico del Auditorio Nacional que permite anclar las armaduras que conforman la gran cubierta translucida, que aunada a la elevación de la plaza, crean uno de los espacios públicos más notables fusionando la ciudad con el vestíbulo del recinto de espectáculos, y que en principio tuvo muchas reticencias de las autoridades para su construcción.
En otra ocasión hicimos un recorrido para ver los trabajos que se estaban haciendo en el Paseo de la Reforma junto con la Secretaría de Turismo de la Ciudad y la Facultad de Arquitectura de la UNAM, caminamos un buen tramo junto con Julieta Campos y de pronto se detuvo y me dijo: -esto esta muy bien Ernesto, felicidades, volvió el carácter que Reforma había perdido de gran avenida –aunque claro, luego me reclamó el diseño del camellón, y me dijo: -hay que dudar más, no construir la primera idea, en este caso a pesar de su reparo inicial he visto como se ha convirtió en una de las perspectivas más fotografiadas y reconocibles de la ciudad.
Pocos se imaginarían a Teodoro cantando al son de una guitarra -sin embargo, como él mismo lo relata (5), varias veces pasaban así las noches de año nuevo en casa de Fernando Solana, junto con Antonio González de León -su primo, Julieta Campos y su esposo Enrique González Pedrero, entre otros.
Detrás de esa imagen refinada y sibarita que cultivaba había un sujeto profundamente humanista, emotivo, con un muy fino sentido del humor y gestos frecuentes de empatía y camaradería que tuve el privilegio de disfrutar junto con su oficio y su gran cultura.
Queda pendiente seguir investigando y reflexionando sobre el autor y sobre la persona.
El film: “Teodoro en concreto” realizado en 2017 por Arquine y El Colegio Nacional, con un guión de Miquel Adriá y dirigido por Emilio Maillé, es una ventana al alma del personaje, como en el film de Kahn, se retrata al sujeto detrás de la obra a través de un periplo en distintas ciudades, acompañado por el propio Miquel, Andrea Griborio y varios más va surgiendo un Teodoro con la emoción a flor de piel, documental que a propósito del centenario, se exhibirá en varias salas de cine en la CDMX, Guadalajara, Monterrey y en el Festival de Morelia de este año.
Es en este contexto que un grupo de ex-colaboradores, familia, amigos y arquitectos cercanos a Teodoro, a instancia de Jorge Gamboa de Buen, me invitó junto a Julio Madrazo, Alberto Kalach, Karina Licea y Felipe Leal para imaginar y coordinar junto con las instituciones culturales y promotores privados las celebraciones del centenario con distintas actividades: conferencias, publicaciones, visitas guiadas y exposiciones que se llevaran a cabo a partir del mes de mayo.
Festejemos pues a Teodoro como a él le hubiese gustado, pensando, recorriendo sus arquitecturas, leyendo y alzando una copa de vino para decir salud.
Referencias:
“No soy un reformador, no quiero cambiar el mundo, quiero expresarlo. Eso es todo lo que quiero.” (1) Hace 140 [...]
Pensamos en las ciudades como pensamos en nosotros mismos, como entes estables que se repiten en el tiempo, cuando en [...]